Pío XI y el nazismo
La encíclica que se enfrentó y explicó la postura de la Iglesia frente al Reich.
Hace un tiempo pude visitar una película alemana de marcado sesgo psicológico, de título, Der neunte tag (El noveno día) de Volker Schlöndorff. En ella, en resumidas cuentas, se chantajea a un sacerdote católico influyente a tomar partido por el Reich, en una carta abierta a la población y en su trabajo de convencimiento, al obispo de Luxemburgo.
El encargado de tentarlo será un oficial nazi que asume la postura de Judas Iscariote y que, nos enteramos casi al final, había pasado por el seminario. Hecho que hace aún más interesante el texto fílmico puesto que se emplean argumentos teológicos y referentes al conocimiento cristiano para justificar la dominación aria. Hacía el final de la película, el padre Kremer, optará por seguir en el campo de concentración de Dachau, junto a otros sacerdotes.
¿Y a qué la cita de esta película? A su relación con la postura de la Iglesia frente al nazismo, antes de iniciar la Segunda Guerra Mundial. El encargado entonces de la Iglesia era Pío XI y tuvo una respuesta que se ha criticado de pasiva, pero que pasó por un orden práctico. Hoy se cumplen 77 años de la encíclica Mit Brennender sorge (En mi angustiosa Inquietud) que responde, en tres puntos generales, a las política del Tercer Reich.
Cabe destacar que esta carta rompe la tradición del Iglesia Católica, ya que no fue escrita en latín, como se ha acostumbrado siempre, sino íntegramente en Alemán, en lógica directa de solidaridad con el pueblo germano. Es de suponer que inmediatamente se prohibió su reproducción y se confiscaron los ejemplares que se pudo.
La primera cuestión que desarrolla el texto es una justificación de su pasividad: cualquier acción directa contra el Reich hubiese significado represalias contra los católicos, así que "Nos determinamos entonces, no sin una propia violencia, a no negar nuestro consentimiento" escribe el Papa sobre las condiciones impuestas por Hitler.
Un segundo asunto, gira en torno a la crítica del nazismo y sus políticas raciales, además de su consecuente divinización del pueblo germano que va en contra de la igualdad de los hijos de Dios. Cabe decir que, de este apartado, se desprenderá la crítica sobre la exaltación del Estado y su política totalitaria.
El tercer punto tiene, como nervio, la manipulación del nombre de Dios en las políticas nazis que justificaron, en parte, el genocidio judío y sus dinámicas de manipulación de la sociedad alemana en su campaña "sacra" de dominación del mundo. Agregado a esto, y en consonancia, observa la equivocada moral del gobierno alemán (tema reiterado constantemente en el texto) y su injerencia equívoca sobre la juventud.
En resumidas cuentas, la postura de la Iglesia fue prudente para evitar muertes en masa de católicos (murió una gran cantidad de ellos, dicho sea de paso, entre laicos y clérigos contestatarios) y esto acarreó las duras críticas en los años subsiguientes y durante el papado de Pio XII en relación, también, a los concordatos que fueron interpretados como confabulación para obtener privilegios. No obstante dejamos para la crítica, el reverso de los hechos y el justo balance se obtendrá de una mirada amplia sobre el tema. Baste este aspecto desconocido de los hechos sin olvidar que hubo grupos de católicos plegados al régimen.
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Creyente, extranjero, hermano menor de las palabras.
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Nos hemos peleado tanto que ya es hora de volver a los abrazos.