¡Estáis muertos!
La vigencia de Vallejo en el mundo moderno.
Así es la vida, tal/ como es la vida, allá, detrás/ del infinito; así, espontáneamente,/ delante de la sien legislativa.
Un día después de la celebración por el natalicio del poeta más importante de nuestras letras, queremos hacer un balance de su relevancia, que radica, más allá de sus versos (me refiero a la interioridad de los mismos), en el modo de comprender, en nuestra propia vida, su vigencia artística. Si bien Vallejo ha sido celebrado hasta el cansancio y estudiado con esa misma acuciosidad, siempre queda un resquicio en el que deberíamos detenernos para evaluar la humanidad a la que se remite constantemente en su poesía.
Si Vallejo vivía a inicios del siglo XX decepcionado de las circunstancias históricas; cuánto más ahora, en estos primeros y temblorosos pasos, del XXI. La voz del poeta resuena entonces en nuestros oídos: ¡Estáis muertos! ¿Seremos herederos de esa decepción precisa? ¿Será que no hemos oído aún el más allá de sus versos, penetrado en su dinámica?

Una de las primeras improntas de su poesía es la esperanza a prueba de la carne misma. Esa esperanza que el mundo en el que vivimos se niega a aceptar y que toma como una de las utopías más absurdas. La esperanza comprendida como un más allá también en el acto cotidiano. Estamos dejando más bien que otro sea el panorama.
El nihilismo ha inundado casi todo y se entrona como la razón más importante de todas. Pero no es una verdad, más bien, es una de esas falacias de las que el capitalismo (uno de sus mejores abanderados) ha sabido sacar sumo provecho: se nos invita a la nada, al vacío, a cerrar las puertas y ventanas. Se nos enseña en las aulas del colegio y de las universidades solo inmensos abismos, muros impenetrables.
Y es justamente ahora que nos detengamos en la voz de Vallejo, en su insistente eco de la esperanza por encima de sí mismo como escribe en "El palco estrecho": Yo no debo estar tan bien;/ avanza, avanza el pie! Es por encima de uno mismo que la esperanza vive y que viene siempre a mostrarnos que la vida da siempre sobre todas nuestras muertes como en la línea final de "El hallazgo de la vida". Precisamente, la vida nos hermana antes que la muerte (que también hace su labor fraterna con cada uno de nosotros).
La solidaridad de Vallejo se extiende, entonces, luego de la terca esperanza y la vida encontrada, al mundo: Ya no llores, Verano! En aquel surco/ muere una rosa que renace mucho... Es el poeta el que transmite a todo esa firmeza del corazón que hace tanta falta. ¿Es que acaso no nos hemos detenido a escuchar al poeta realmente? Todo es germen que debe dejarse nacer en el corazón. Contra el escapismo y las tendencias masoquistas de la sociedad contemporánea se propone al hombre doliente como muestra de que aún nos falta camino, pero que se debe caminar.
Nace del encuentro con el hombre, el compromiso. Nuestro poeta de Santiago de Chuco, va más allá de la voluntad del deseo y de la voluntad del poder; se embarca en la voluntad del sentido que nos marca a todos y que le da norte al dolor: Tengo fe en ser fuerte (Trilce XVI).

Vallejo ha asumido con clarividencia que es en el dolor en el que todos nos encontramos para llevar nuestra existencia al ejemplo, para invertir este orden que solo busca tenernos hechos máquinas de placer inacabable. No, nuestro autor de Trilce, no se regodea en el dolor porque sea un llorón, como muchos se atreverían a decir, o por tener una manía solipsista, sino porque ha comprendido que, a pesar de ese no saber constante de "Los heraldos negros" no existe coartada para echarse al abandono en la labor humana.
Es ahora que deberíamos reclamar como el poema I de Trilce: Quién hace tanta bulla... que no nos deja testar nada y pedir inmediatamente Un poco más de consideración. Ahora la consideración humana ha dado vuelcos inmensos y se hace más real que, desgraciadamente,/ el dolor crece en el mundo a cada rato,/ crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,/ y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces. Es ahora que son más pertinentes que nunca las lecturas, medulares y comprometidas de Vallejo.
El compromiso como crítica es quizá esa última instancia en la que el amor y el dolor no se niegan, sino que se afirman en el fenómeno humano y su ánimo revolucionario. El compromiso directo con el hombre que ama y que se duele se coloca por encima de cualquier sistema (porque la vida es más que orgánica). Toda religión o ideología o partido se diluyen cuando se obvia la necesidad de plenitud humana y se quiere crear con galimatías que todo está perdido o que es una pérdida de tiempo arriesgarse a apostar por el hombre íntegro.
El compromiso en el dolor como sabiduría es una de las máxima vallejianas que son la fuente de su revolucionaria poesía. Citemos unos versos de "Himno a los voluntarios de la República" que bien pudiesen ser una poética que nos exhorta con frescura y contundencia:
¡Unos mismos zapatos irán bien al que asciende sin vías a su cuerpo y al que baja hasta la forma de su alma! ¡Entrelazándose hablarán los mudos, los tullidos andarán! ¡ Verán, ya de regreso, los ciegos y palpitando escucharán los sordos! ¡Sabrán los ignorantes, ignorarán los sabios! ¡Serán dados los besos que no pudisteis dar! ¡Sólo la muerte morirá! ¡La hormiga traerá pedacitos de pan al elefante encadenado a su brutal delicadeza; volverán los niños abortados a nacer perfectos, espaciales y trabajarán todos los hombres, engendrarán todos los hombres, comprenderán todos los hombres!
Que Vallejo no nos vuelva a reclamar nuestra muerte llena de vacío y de pendientes, debe significar la emergencia de la carnatura creativa de su poesía en nuestra peruana vida, puesto que, solo así, desde está tierra doliente se puede hacer el universo que vislumbran sus palabras.