Octavio Paz y la excelencia del amor
Sobre el amor en el centenario del nobel mexicano.
El amor no vence a la muerte: es una apuesta contra el tiempo y sus accidentes.
En el centenario de una de las voces más originales de Latinoamerica y de la lengua española, queremos acercarnos solo a uno de los aspectos de su inquietud intelectual y vital. Más allá del nobel recibido en 1990, que solo corroboraba su trascendencia literaria, Paz encarna, en la tensión entre poesía y ensayo, el inquieto corazón del hombre contemporáneo inclinado a aquellos límites que se le imponen y que le configuran: la inevitable transformación, lo efímero, el acontecimiento caótico y aparentemente sin sentido de la existencia.
La llama doble uno de sus últimos libros, y de madurez inopinable, vio la luz en el año 1993 cuando el escritor tenía 79 años, sin lugar a dudas, bien vividos. Sin embargo, este libro que tiene como eje al amor, fue uno de los proyectos que rondó su cabeza desde la juventud, pero debía en el crisol de la vida ir tomando forma final.
Su primer intento de escribirlo, fue en la India y enamorado, como afirma en su parte "Liminar", pero tal parece que a los 51 años aún no estaba preparado para tal empresa. Y es que, como sabemos, bastante se ha hablado y escrito del amor y quién se atreva a tentar sus ideas sobre él, debe tener la firmeza de que el vuelo de su pluma no ha de ser fulminado en el cielo de las palabras y de la experiencia.
Todo aquel que quiere aprender del amor no puede hacer más que visitar las páginas de este libro que no cede ante la tentación de hablar de amores y no de amor como diría Ortega y Gasset. Una de las ideas principales del texto es esta: sin una idea clara del hombre sería inútil hablar del amor.
La llama doble no solo se enfrenta a la cuestión amorosa como un tema más del panorama humano, lo considera como un hecho tan presente en nuestra especie que la interrogante fundamental debe dirigirse a la cuestión del hombre mismo para dar cuenta clara de su dinámica.
Es en el apartado "Rodeos hacia una conclusión" que el nobel mexicano se enfrenta a un ingente material científico, histórico, literario y filosófico para dar cuenta del reduccionismo al que se ha estado sometiendo el hombre moderno. En contra del fisiologismo, el psicologismo o el sociologismo, Paz apuesta por un diálogo entre filosofía, ciencia y poesía para responder por el amor y su impulso en la configuración de la civilización humana.

i) El imperio del sexo
Dentro de la generación de la vida en este planeta, el sexo, la juntura de dos seres que deriven en un nuevo ser, es una parcela diminuta. A ella pertenecemos y su objetivo no va más lejos de la reproducción, de la preservación de nuestra raza sobre la tierra. El poderoso sexo es el fuego que devora los cuerpos para repetirlos en una danza infinita, pero una danza brutal, impersonal y siempre repetitiva.
Su poder envuelve y moviliza la existencia, pero ella no tiene su final en este fuego. Paz no se detiene en el sexo a pesar de reconocer su valor, sino que encuentra en el la piedra angular de una experiencia vasta sobre la que el hombre se ha ido desenvolviendo a través de su creatividad derivada de la conciencia que el hombre no está sujeto como los animales a la oscilación de los planetas o a algún imperativo fuera de la carne y la mente.
Grande descubrimiento: el poder del sexo subsume, pero es pasible de control en esa libertad que ha permitido la existencia de pirámides, esculturas, ciudades enteras y monstruosas con toda su maquinaria imparable. El sexo ha permitido más de lo que parece, pero no por sí mismo, sino porque el hombre tomo sus riendas.
ii) El ismo de Eros
El erotismo es la metáfora del sexo. Es sexo y no lo es. Paz establece una relación íntima con el lenguaje que existe, básicamente, para comunicar. Pero el tiempo y la convivencia con el mismo, mostró que las palabras también tenían sinuosidades, caprichos, juego. La poesía y el erotismo son pares que se erigen sobre sus rústicos dobles, palabra y sexo.
En otros términos, la poesía es el erotismo del lenguaje y el erotismo es la poesía de los cuerpos, de sus rudimentarios y monótonos sexos. Se le agrega a este juego un tercer personaje: la imaginación. No solo bastaba con domar el poder siempre al acecho del sexo, sino convertirlo más allá de la mera sublimación psicoanalítica. La cultura nace cuando el erotismo hace su aparición en la palestra, cuando trastoca la carne y la mente.
iii) El amor y el hombre
Como todas las grandes creaciones del hombre, el amor es doble: es la suprema ventura y la desdicha suprema, nos dice el autor de El arco y la lira. El amor es la asunción del infinito más allá del sexo y el erotismo en el encuentro de los amantes, pero también, el reconocimiento doloroso de los límites de la piel. El amor es hallazgo y perdida continua, trenzados en el acontecimiento de dos rostros.
Sin hombre no hay amor. Paz no duda en denunciar la deshumanización de la que fue testigo y de la que somos también testigos más que nunca en este siglo agitado. La cuestión de una esperanza realista palpita en sus líneas. El amor también inventa al hombre desde su médula, pero cuando se deja de lado este arte, como afirmaba Erich Fromm, se asume la muerte irreparable del hombre frente a un fenómeno del que nadie puede escapar o eludir.

cON mARIE jOSÉ, SU ESPOSA
Comprendido como imperativo, el amor, debe ser abordado desde todas las aristas de la experiencia humana para conseguir una respuesta, sino clara, sincera. En las páginas de La llama doble se hace precisamente ese recorrido formativo del hombre y de los hombres, de la mujer y de las mujeres aunados en una labor artesanal que ha perdido su brillo, pero que no cesa de emerger para cuestionar el estado de la geografía del alma que ha devenido plana, por no decir menos, dadas algunas fobias risibles, pero también reales y que muestran nuestra penosa situación.
Pues la invitación está en pie, este día del centenario de Octavio Paz y con él: mirar al amor, cogerlo y no dejarlo ir, asumirlo en su intensidad que nos conduce a la felicidad esquiva con todos sus ritmos y matices asentados en nuestros huesos, carne, almas y, más allá aún, en el futuro polvo que seremos.