Memoria futura, primer poemario traducido al español, del poeta y crítico literario brasileño, Paulo Franchetti, aunque ya tiene dos años publicado en nuestro medio (Colmena editores 2012), no ha tenido la atención debida (quizá todo libro debería tener un espacio para conocerlo en la incesante Babel de las letras). Luego de una lectura paciente y de la valoración de su edición bilingüe realizada por Armando Alzamora y Óscar Limache, dejaremos algunas ideas a las que nos ha conducido su lectura.
El poemario de Franchetti se nos presenta con 46 poemas (14 con nombre) de los que hay piezas valiosas, pero, en términos generales, lo consideramos un conjunto irregular debido a la temática dispersa que no llega a anudarse o que podría hacerlo si es que no se repitiera con tanta insistencia cierta insatisfacción creativa de la voz poética. Tal vez esa sea la idea común, pero bien pudiese caer en diletantismo.
Debemos destacar dos filiaciones fuertes. En primer lugar con la segunda generación del romanticismo brasileño y la otra, con uno de sus autores más importantes: Álvares de Azevedo. Las constantes de estas influencias en el poemario residen en el nihilismo, la insatisfacción de la experiencia y la constante sensación de frustración con sus tonos sensuales, claro. La gran diferencia que marca el poemario, por otro lado, descansa sobre la situación real que no marca al poeta de Memoria futura: mientras que los poetas de esta fase romántica en Brasil, deseaban escapar y lo hacían porque morían tempranamente (no pasaban los 25 años), el poeta ha pasado esa frontera y se halla en una edad en la que persiste la queja, pero sin esa lógica intensidad vital de la juventud. Machado de Asís tenga que ver acaso con el sentido del título (nos referimos a la novela Memorias póstuma de Brás Cubas), pero dejaremos suelta esta idea.
Nos referimos al nihilismo en el libro de Franchetti, por las innumerables tensiones que recorren una gran cantidad de poemas y en los que vence siempre la desazón, el desasosiego. Podemos citar en este preciso instante, la estrofa que cierra toda la orquestación al pesimismo:
Un monumento levanté
De lata y excrementos.
Junto a estas palabras me senté.
Nada les pedí, nada les di. (pp.105)
¿Poética posmoderna? No. Poética del tedio, del sinsentido que recorre todo el poemario, poética de la intrascendencia del hacer humano, del logos. ¿Una poética antipoética? ¿Una declaración del colmo de la sinrazón? ¿La victoria del caos sobre el poeta inerme? Tal vez. Queda al lector, juzgar tales hechos, pero un monumento de mierda que retiñe al son de lo inútil y de lo que no se busca nada, digo, es un decir; no debería ser escrito. Insistimos que es un decir, porque cabe la posibilidad de equivocarnos.
En diferentes momentos del poemario se nos presenta esta insatisfacción. Incluso la imagen fotográfica pareciera que se erige sobre la palabra misma (¡hecho que nos sorprende!) como la verdadera memoria futura mientras se siente ... el gusto amargo de no tener/ Lo que, sin esfuerzo y sin palabras,/ hicieron ser imagen (pp. 23). Esta impotencia recorre casi todos los versos y cuando se avizora una posibilidad de elevar vuelo, nos encontramos con la triste, pero resignada derrota: Ni bajo la superficie se cierne/ (Los recuerdos, finalmente, ya no cabalgan las palabras)/ alguna forma de alivio (pp.55).
El caos reina insoslayablemente en los versos de Memoria futura y la mejor manera de fijarnos en él es en la cantidad ingente de perceptos que acorralan al cuerpo envejecido que habla. Dos temas más que colindan con esta forma de ver el mundo tan de moda: la exacerbación de lo íntimo, el ánimo de pincelar el cubículo que se mira a media luz y que se convierte en una moderna celda a la que el hombre moderno se confina libremente.
El cuerpo, el pasado y el presente en él, eros y Tanatos en él, la ciudad y la tierra en su respiración, en una carne que se va desvencijando es a lo que se refiere Franchetti constantemente en sus versos cansados y colmados de vacuidad:
En la pared del cuarto
Se suceden
Accidentes geográficos-
Relieves, cañones,
Lechos secos, ríos muertos.
El sol estático e inestable
Desciende en el centro del mundo,
Delimita el área prohibida (pp. 31).
La habitación, el departamento, la cocina, el noticiero, el avión son hechos que se estacionan en un cuerpo que deja de ser, la voz poética está cansada de sentir, pero no puede sustraerse a esta circunstancia, a las circunstancias: El calor sofoca./ En el departamento de al lado, hablan por teléfono./ ... Parece temblar/ El aire cargado de olor a comida (pp. 63). Quiere negarse a estas situaciones que no llevan a ningún lado, pero es insistente la nada poderosa para nosotros que atravesamos el Leteo (pp. 91).
¿De dónde deviene todo lo dicho líneas arriba? De la inminente muerte puede ser una propuesta tentadora sobre todo por la recurrencia de la vejez: por el descubrimiento de un cuerpo que está sujeto a una pasión de la pérdida porque ha dejado de ser agente y solo puede dar cuenta empírica de la experiencia en el poema, en la palabra siempre limitada frente al cuerpo, sin rumbo, [que] se conforma/ Y distrae (pp. 37).
La intimidad de la vejez es cruel y se rehúsa a dejar algo para la voz poética: Me estoy quedando viejo (pp. 73). A esta constatación le sucede una sabiduría triste:
Libertados los sentidos,
La mente ya no se sumerge
En el cansancio que sucede a la exaltación.
La verdad desaparece entre los vacíos,
Como el agua. (pp.75).
El grito aguantado resuena en Memoria futura y parece no poder elevarse más allá de la pasividad a la que el tiempo la confina; un réquiem persiste, se ciernen en sus versos: A los cincuenta años, un hombre/ empieza a olvidarse./ ... Cincuenta años: una aparición/ entre fantasmas (pp. 83). Y más adelante, incluso el asombro: ¿Estaré muerto?/ ... ¿Habrá allí resto de cuerpo?/... ¿cuándo, en el mundo/ (O en estos versos),/ Habré muerto? (pp. 97).
Es curioso, en todo caso, que a los cincuenta tengamos frente a nosotros una palabra tan desencantada, pero es válido sopesarla en su sincero manifiesto frente a la muerte que anida a pesar de ella y con más agudeza en su portador que se encuentra lastimeramente solo:
Y yo, que a nadie quería afligir con un llamado,
(Como una animal herido clama,
En medio del campo, por la ayuda
Que no viene)
Compuse este poema (pp.97).
Esta es la convicción que recorre la arteria principal del poemario de Franchetti: sea donde sea, la nada se asoma impía y promete ser eficaz. Esta amarga "afirmación" de la impotencia del verbo no se condice con nuestra mirada, pero es una vía que el poeta intenta sustentar de manera inconsistente. Insistimos que esta flacidez pueda ser fruto de un devenir hacia el olvido y por el que se precisa una memoria, sin embargo, y luego de recorrer alguna de sus vías, dejamos al lector la posibilidad, siempre importante, de continuar nuestra lectura inconclusa o de rechazarla desde la respetable (y hasta admirable) confesión nihilista del poeta.