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Nuestra vida inevitable

Nota sobre "La vida inevitable" de Lenin Heredia

¿Cómo se prepara uno para la muerte?

José Donoso

Publicado: 2014-11-27


Este primer libro de Lenin Heredia nos muestra a claras luces que esconde detrás de sus líneas a un escritor desbordante. La vida inevitable es la muestra de que por algún lado debe empezar la creación y este joven escritor decidió dar sus primeros pasos en el espacio humilde y siempre sorprendente del cuento. Una primera observación a su poética es la tendencia a mundos más grandes, a ramificaciones que quedan veladas en sus narraciones: más allá de una técnica participativa que busca dejar expectante al lector, los cuentos son cortes de mundo, singularidades que respetan su espacio limitado, pero que no temen dejar entrever la amplitud de la que son extraídos. Parece como si cada cuento tuviera la necesidad de construir un mundo más grande a pesar de sí mismos. 

Si bien todo libro tiene una característica unitaria, los cuentos de Heredia, tienen tal cantidad de elementos que reflejan la actividad de un novelista. De aquí que estos textos nos prometan un universo en expansión y en experimentación de tópicos y sutilezas propios de una sociedad (de la que el escritor es “fruto destilado”) que responde a una lectura distinta, no exótica ni inferior, del mundo. Generalmente se suele decir que la provincia es el afuera de Lima, pero pocas veces se dice que Lima es el afuera complicado de la provincia, no solo es una máquina que destruye al migrante, sino un afuera caótico constatado en la evolución de la mirada de los personajes de Heredia.

João Guimarães Rosa solía jugar con los dichos y los renovaba de manera extraordinaria. Como bien sabemos, en el hablar común, todo es evitable, menos la muerte, pero en el caso de este libro, es la vida lo insoslayable, no hay coartada ante ella, es brutal, porque solo ella nos permite sentir el dolor. De aquí el título del conjunto. La muerte es solo un pasaje y nadie vuelve a contarnos nada de su oscuridad… solo los que quedamos en este mundo somos cuestionados y, dato curioso, estamos vivos, demasiado y dolorosamente vivos. El reverso con el que juega Heredia nos dice que la vida no perdona, porque abre las múltiples posibilidades de la existencia: el sufrimiento, el deterioro, la locura, la violencia, la incomprensión y, en último lugar, la muerte.

No entraremos en consideraciones estructurales de los cuentos (están bien escritos sin lugar a dudas), solo diremos algunas ideas por las que nos condujo la lectura y que quisiéramos compartir en esta breve nota. Seis cuentos (uno roza por ahí con el relato), un hilo tenso, pero invertido, la muerte. La muerte que acecha la vida y la vida que intenta trabajar con la materia inerte que deja esta, sin capacidad de respuesta, pero nunca débil de palabras.

¿Por dónde nos lleva La vida inevitable? Por la memoria que juega un papel fundamental, esa memoria particular que descubrimos llena de detalles, llena aspectos que solo a la luz de un tramo andado, se iluminan e iluminan la vida de sus personajes. Memoria, ciudad, amputación, ¿brujería? (tal vez), juegan sus roles. La periferia de la periferia tiene algo que contar y con sus propios códigos. Sin médicos, la familia debe cortar partes enfermas y encargarse de desaparecerlas, la familia es un primer círculo que procura explicar al absurdo y se envuelve en él inevitablemente. Todo mezcla, los datos religiosos no dejan de ser pretexto para experiencias fuera de sus linderos. Las anécdotas, incluso, se llevan a cabo gracias a sus presencia imperceptible, pero poderosa: santos, flores, fiestas patronales, se combinan con la epilepsia, los lazos débiles de la sangre y el amor en sus primeros pasos o, al menos, el reconocimiento de la conciencia que crece y desborda el cuerpo muchas veces, pero no sin ayuda de este, aclaramos.

De este modo es que la experiencia de los personajes, en La vida inevitable, va abriéndose paso hasta la capital. Los textos narran un viaje desde la zona más exterior de la provincia hasta instalarse en el corazón, de tufillo burgués, de la sociedad peruana, pero sin dejar esa mirada que intenta asirse al absurdo, sin querer o sin notarlo. El tráfago del narrador no es el típico del docto que clarifica, antes bien, es un pasaje hacia lo oscuro. Cuando leamos a Heredia, nos daremos cuenta de que se direccionan de derecha a izquierda al modo de escribir oriental: con una prosa realista se asoma al misterio de la existencia instalado en la vida. No es una exageración ni una broma, es un proceso del que su primer libro representa el justo medio.

Otra línea más de lectura se sitúa en la violencia del libro. Mutilaciones, bofetadas sonoras, asesinatos, traumas sexuales, racismo, suicidio; todos trenzados por el recuerdo (no hay personaje que no tenga un pasado que emerja para relativizar y adelgazar el presente). Las historias hacen espirales, nada se presenta como gratuito, casual. Cada uno se hace merecedor de los golpes que les propina la vida, la realidad. Maruja que se quema el pie y jamás sana, el clásico hermano descuidado, el viejo amigo venido a menos que se convierte en arma de destrucción; la joven pareja, su traumática primera vez y, finalmente, la actriz muerta sin explicación alguna, muerta por voluntad propia.

Quizá uno de los últimos tópicos a los que podemos llegar luego de la lectura de La vida inevitable es el amor juvenil. El amor de los malos entendidos que perfila y afina la experiencia. El amor loco que no está destinado para los cobardes como en el caso del cuento "Rudos" o el débil amor en "Inés y las noticias", "Ritos" o "Los ángeles están listos para volar". Y es en esa fragilidad de las relaciones humanas que se asoma la infidelidad, el engaño, el impulso de quien aún no se conoce, pero que intenta penetrar en el secreto del amor a riesgo y cuenta propios. Esto se perfila al final del último cuento en el que, el llamativo Veneciano (que se merece una novela), ya maduro, reconstruye el sinsabor de la muerte de Alfonsina y, en paralelo, lo jodidas que pueden ser las mujeres con las que uno se involucra sentimentalmente (las mujeres son clave también a lo largo y ancho del libro).

Para culminar estas líneas, quisiéramos arribar a una especie de mensaje que lleva el conjunto condensado en su cuento más extenso, "Los ángeles están listos para volar". El libro mismo es un ángel que da un salto hacia la existencia autónoma y que testimonia el problema de la obra inconclusa. El conjunto de actores, que ensayan unos parlamentos desconocidos, jamás llegan a interpretar su proyecto por la muerte de la misteriosa Alfonsina. De este modo, el conjunto se abre a otras posibilidades porque [E]l arte exige dedicación (pp.85) como afirma la inasible personaje suicida.

Y, por otro lado, los cuentos de La vida inevitable responden a las reflexiones del Veneciano: Quizá éramos demasiado jóvenes… (pp.83). Así se muestra la vida para el duro despliegue de las vidas narradas en el libro: son muy nuevos para entender lo que es en realidad el tiempo y el espacio sobre sus hombros, una tarea irrenunciable y que testimonia, tal vez, la propia conciencia del autor que debe testar el difícil camino del aprendizaje artístico, ese periplo en el que de la muerte nadie da cuenta, solo los vivos, los que sobreviven. Pero mejor dejemos que nos hable el narrador construido por Heredia:

–La muerte es importante… –empezó el, que siempre se sentía inspirado en aquel lugar, pero se cortó ante la posibilidad de decir una tontería. 

 –Y a nosotros nos está uniendo –sentenció ella–. Hemos estado juntos en muchas cosas, pero la muerte ahora nos uno más que ningún otro lazo. Esto no lo vamos a olvidar nunca. Se lo contaremos a nuestros hijos. Les hablaremos de la tía Alfonsina, de este día. 

Pese a su esfuerzo, a su resistencia ante aquellos sentimientos, él no pudo evitar conmoverse. El sonido del mar frente a ellos, inmenso en toda su extensión, más allá del acantilado y la arena, hacia el fondo inmejorable. Quedaron buen rato en silencio. El Veneciano acariciaba el cabello de la muchacha. 

 –Tiene razón– la abrazó con ternura y le dio un beso. 

 El sol de aquel noviembre y el mar continuaban con su espectáculo (pp.134).


Escrito por

Octavio Mermão

Creyente, extranjero, hermano menor de las palabras.


Publicado en

Quién hace tanta bulla

Nos hemos peleado tanto que ya es hora de volver a los abrazos.