#ElPerúQueQueremos

Pequeña Reunión de Domingo de Ramos

Apuntes sobre un texto último de poesía

Seamos indetectables No invisibles

Domingo de Ramos

Publicado: 2015-02-05


Una Biblioteca Personal se caracteriza por ser fruto de una lectura individualísima de textos que marcan la vida de un escritor. No tiene que ver con intereses pedagógicos, sino con la sincera confesión de ciertos impactos narrativos, poéticos o ensayísticos a los que es sujeto un creador y de los cuáles no puede renegar; antes bien, afirmar como parte de su periplo inventivo. En el caso de la Pequeña reunión. Poesía 1987-2012 (Dorada Apokalypsis 2014), de Domingo de Ramos, tenemos una situación análoga: la mirada del poeta que se deja afectar por ciertos textos luego de una larga producción lírica. ¿Qué reúne Domingo? Piezas que probablemente le digan algo en su lectura de sí mismo, resonancias o simplemente imágenes que quedan frente a una mirada que ha trajinado una buena cantidad de versos.

Pequeña Reunión preserva el estilo de los 80: edición sencilla, colores rojo, negro y blanco; una pieza que se resiste a las exigencias de una estética “moderna” de la mejor manera: lanzando versos, afirmando una postura iconoclasta. Los quince poemas del libro tientan esta lectura personal. Es importante apuntar que tres de los poemas son inéditos y fechados en el 2012. Han tenido su tiempo de evaluación y complementan el camino que pavimentan los doce anteriores que fueron elegidos de sus libros Arquitectura del espanto, Pastor de perros (que ha sido motivo de una tesis hace muy poco tiempo en San Marcos), Ósmosis, Las cenizas de Altamira, Erótika de clase, Dorada Apokalypsis y Cartas desde la Azotea. Veinticuatro años en una suma que merece reflexión.

Empezaremos por los tres nuevos, no sin antes agregar ese comentario dostoievskiano sobre los periódicos y ese modo de convivir de las noticias, su polifonía. Domingo de Ramos encuentra sus diarios en la calle como el mejor espacio de una contrapuntística más amplia de la convivencia (no siempre fácil) humana e infrahumana. La rispidez de sus versos y el aparente desborde de sus páginas responden a ese encuentro con la multiplicidad de los jirones y las avenidas que no reniegan de sus viajantes: el albañil, la puta, el niño, el sexo, Europa, la Internet… su trabajo es la contemplación de líneas que no cesan de intersecarse y que permiten la vitalidad del poema por encima de esa melodía eielsoniana que algunos críticos exigen de todo poeta como si la disonancia fuera un pecado de estilo.

La poesía que viene marcada por los sonidos de la calle tiene el ineludible aspecto de la búsqueda incesante. En la década de los 80 el locus amenus se convirtió en territorio de muerte, ¿qué les quedaba a aquellos jóvenes, sino encontrar algún sentido en un desenfrenado vagabundeo? Lima será el nuevo territorio concientizado y junto a ella el cuerpo aparece como un nuevo campo de batalla no solo para las mujeres: todo aquel enterado de la carne y los huesos empezó a construir su reflexión desde el dolor del sinsentido.

El último poema del conjunto destaca todo lo anterior y con un título que sintetiza, creemos, el aliento de su razón: “Diáspora del cuerpo”. Es este poema extenso una narración que fusiona las experiencias del mundo que pasan por la piel y adquieren algún significado en medio de las angustias amorosas y existenciales de la voz poética. Nos arriesgamos a decir que este poema es un justo testamen del poeta y sin ambages: “Este es un film sin efectos especiales” (pp.51). Y más adelante se nos propone una visión sin detalles, pero muy probablemente cruda: “Año 2020 se han cerrado los sueños detrás de las compuertas/ Oh de qué sirvieron mis ojos si ven lo que no quieren/ ver” (pp.51). El cuerpo en devenir es el cuerpo comprometido con el mundo en el signo de la calle y de sus amores que han apasionado a Domingo de Ramos y que le permiten escribir un poema como este dentro de un pequeño soma lírico hasta el deseo de la imperceptibilidad: “Seamos indetectables No invisibles” (pp.55). La odisea de la creación; el dejarse ver en todas las esquinas, pero sin que las gentes puedan darse cuenta de la presencia.

De los varios ejes que mueven la poesía de Domingo en este conjunto, tenemos al cuerpo como punto de encuentro. Retrocedamos ahora al primer poema seleccionado y de título “Banda nocturna”. Ya desde sus primeros atisbos, el cuerpo que cuestiona, como límite de la experiencia apasionada, se presenta a los jóvenes: “mi cuerpo es fugaz y solo opaca estela de locura/ en el orden natural/ eterno polvo sin entierro” (pp.7-8). La reunión posee un crescendo: si en un primer momento el cuerpo duele de América (“América es un Ácido” pp. 8), en su altisonancia es el mundo el que habla a través de él con sus guerras y agonías. Este es al aporte vallejiano a su madurez.

Otra de las transformaciones que podemos detectar es la constatación, en el sí del sujeto lírico, del vaticinio. En el segundo poema titulado “NN”, de Ramos, escribe lo siguiente: “Hoy viernes los periódicos anuncian catástrofes/ pero la mía es aún el doble” (pp.11). Esa potencia del dolor es la constatación aún tierna de lo que tiene que ser encarnado hasta la imperceptibilidad deseada y anunciada: “Y ya no soy de ninguna estirpe” (pp. 16). Los periódicos le darán paso al maridaje ciudad/cuerpo como plenificación de la catástrofe del devenir individual de un spleen limeño, ¿por qué no?

Para darle final a esta lectura de Pequeña reunión haremos hincapié en la línea de fuga en de Ramos. ¿Cuál es su significado en su poesía? Una línea de fuga se caracteriza por ser la vía que no se deja asir por el endurecimiento de las convenciones, incluidas las del cuerpo. Y la fuga, la huida, no es sinónimo de cobardía, sino muestra concreta de renovación en las palabras. Sí, la poesía de Domingo tiene, en su iconoclastia, la intención de no cesar de desterritorializarse... ¿No es la calle ese signo irrefrenable del que nacen los viajes infinitos? Escribe en el poema “Yo no soy un gánsters” (sic.): “Viajo irreversiblemente viajo/ … viajo súbitamente/ … como un cuerpo abandonado/ … Viajo contra mí mismo/ … Estoy derramado” (pp.39). Y culmina con una pregunta: “¿Los muertos viajan/ viajan los muertos?” (pp. 43). Una línea mortal marca sus versos y, por paradójico que suene, está llena de vida; vida constatada en “17. 30 de mayo, 1:05”: “La vida no es más que una sombra errante” (pp. 44).

Algunas veces, las líneas son tristes y, tal vez, este sea el balance que se pueda sacar de nuestra lectura; sin embargo, hemos revisado los extremos y tentamos un diagnóstico que no se ha detenido en el medio de la antología (donde bulle la vida que citamos). El viaje imparable de Domingo de Ramos, la punta de su lanza lírica, es aquel que no discrimina ni se luce, sino que permite que la materia heterogénea de la ciudad se constate más allá de sí misma porque, en su singularidad, es imposible no reconocer un paisaje europeo que nos impacta o las piernas de una bailarina que nos tienta o el peso de muertos que se acumulan sin parar en el papel y en las pantallas, y que, de alguna forma, acompañan al poeta y a su voz fresca porque, en Lima, uno no puede darse el lujo de ser viejo.


Notas relacionadas en LaMula.pe:

La consagración de Domingo de Ramos, por Jorge Frisancho.

“Lima es una madrastra para todos los escritores”.


Escrito por

Octavio Mermão

Creyente, extranjero, hermano menor de las palabras.


Publicado en

Quién hace tanta bulla

Nos hemos peleado tanto que ya es hora de volver a los abrazos.