Todo tipo de viaje tiene su especial condición desde la máquina en que se vea el mundo.
Pedaleando


Tal vez uno de los placeres impostergables de la humanidad debería ser el manejar bicicleta. En mi caso, salgo todas las mañanas, salvo el cuerpo debilitado por una noche de brindis me lo impida (ya después se sudan los excesos de alcohol). La rutina es simple: dar una vuelta de entre 45 y 55 minutos al lago de Pampulha, cerca al lugar donde vivo; un barrio residencial con bares y con una movida simpática, pero no tan barata para el bolsillo general. Digamos que es una avenida para eventos especiales o para billeteras especiales, capaces de darse gusto.

Bajo los tres pisos con la bicicleta a cuestas (cruzo tres puertas en total) y salgo hasta la avenida Fleming. Subo en ella e ingreso a la ciclovía de color ocre. En menos de cinco minutos me encuentro en mi punto de partida. Pero antes de llegar hay un pequeño espacio donde gente hace ejercicios: las máquinas simples son de color anaranjado y nunca están solas por la mañana: la edad no importa, cada uno hace su rutina con calma en medio del sonido de motores de autos que transitan hacia quién sabe dónde.

Comienzo la vuelta después de haber visto el reloj de mi celular. El lago es bonito y se pueden apreciar diversos atractivos como el Mineirão (sede del 7-1), el Museo de Arte, la Casa de Baile, o incluso algunas casas con gusto arquitectónico moderno. Cabe decir que el lago es artificial y que se ven aves que no se hacen problemas con ese dato al igual que los ronsocos y sus familias enteras o las tortugas que salen a tomar el sol. A ellos no les importa para nada si Óscar Niemeyer junto a otros trabajaron en su modelado, poco les importa si la iglesia de San Francisco con sus formas azules onduladas es un signo de Belo Horizonte. Ellos tienen agua y comida que no comparten con la gente porque el lago está contaminado… ellos resisten y esa resistencia los hace plenos en el conjunto.

El perímetro del lago es casi plano porque tiene leves subidas por aquí y por allá, y de las cuales son evidentes dos puentes. El segundo, desde mi perspectiva de ciclista, es el que permite ver la pista de aterrizaje del Aeropuerto de Pampulha que lleva por nombre Carlos Drummond de Andrade (algo de poético tiene mi viaje). Lo demás debería ser historia, pero esto de andar en bicicleta tiene con sus diferencias con correr… además de que las rodillas no tienen impactos perniciosos o desgastantes, el pensar sobre una bicicleta tiene otros tonos junto a la mirada que va junto a él. Los ojos se convierten en cámaras para mujeres que corren, jóvenes, adultas o más adultas al igual que los hombres. Cuerpos antigravitacionales y cuerpos que se dejan mecer por el peso de la carne. Pieles bronceadas, pieles pálidas, pieles blancas… torsos desnudos (los hombres no tiene pudor), torsos torneados y torsos intonsos.

No puedo negar que el espectáculo es grato. Casi todos los cuerpos que mi cámara montada en la bicicleta capta son sonrientes, indiferentes y resueltos. A veces parece que los brasileños no se enfermaran. Eso no es todo. Aquellos que no corren como los barrenderos y cuidadores del ornato también se ven felices: hacen bromas, cantan, fuman y atienden sus asuntos en el celular. Pero no me debo dejar engañar, algo escapa a mi mirada porque solo tengo entre 45 y 55 minutos para llegar al punto donde inicié y ellos, como yo, seguimos con nuestro tráfago; ya no en bicicleta, sino sobre el suelo; cada uno con su propio paisaje establecido en parte por nosotros y en parte por las circunstancias de girar alrededor de algún lugar.