- De un solo trago
Ayer conversaba con un amigo en un bar y le comentaba que tenía la intención de hablar sobre bares. Me dijo que podría caer en la trivialidad, pero inmediatamente me di cuenta desde dónde se decía tamaño juicio: desde un bar con personas acompañando con cervezas y espetos (brochetas) el juego de Palmeiras con el Cruzeiro. Algo de bueno deben tener los bares para que me haya detenido en ellos no solo para beber, sino para pensar sobre ellos y su radical importancia en la vida de una comunidad y de sus espacios.
Un bar puede ser el lugar del amor, de la ira, de la amistad, de la decepción, de la celebración. Un sinnúmero de circunstancias le dan pálpito a esos conglomerados de carne, agua, alcohol, cemento, madera y comida (claro que hay bares sin tantos elementos, pero lo importante sin duda es embriagarse). Entonces me digo y me repito que no pueden ser lugares fríos. Recibí muchas confesiones en ellos, recibí muchas muestras de amistad que la sobriedad no podría manifestar con espontaneidad, una que deviene del licor o que es, más bien, animada por él.
En el Perú fui a muchos bares: aburguesados, de clase media y de mala muerte (no entraré en detalles de salubridad y de flora bacteriana). Y como un cuerpo que bulle, el bar se convierte en una orquestación de vidrio y risas… y a veces lágrimas que influyen en la vida de una ciudad, en sus arterias picantes donde uno se puede reunir para dejar que el cuerpo se deje pescar por la boca hasta soltar todo lo que se tenga que soltar. Las avenidas incluso se sueltan, porque cuando un bar cierra, hay aún gente con ganas de exteriorizar ese espacio de refugio. Tal vez, en resumidas palabras los corazones se abren en ellos hasta inundar algunas esquinas de la ciudad (tampoco entraremos en los detalles de que pueden inundar las calles).
Hace un tiempo conversé con una amiga que quería conocer Belo Horizonte porque, según ella y sus investigaciones, la capital de Minas Gerais contaba con la mayor cantidad de bares de todo Brasil. Como consecuencia, me dispuse a pensar en esa clave y me percaté de la facilidad con que uno puede toparse con unas cervezas que esperan en un refrigerador a ser abiertas para saldar la sed de alguien que espera, a su vez, en una mesa o en una barra. En verdad uno entra a un bar para salir y sale para entrar. Si bien a veces los efectos son perniciosos (sobre todo si se tiene la costumbre de beber solo, creo yo), en su mayoría de casos es más lo que se gana en un lugar cómodo donde uno pueda hacer de su vida una pausa sin más compromiso que el de saberse pronto al adormecimiento y a revoluciones mentales y verbales.
Eso es un bar y son pocos los que no conocen de sus bondades (están claramente disculpados de su ignorancia) porque es ahí donde una buena investigación surge aparentemente de la nada. ¿Dónde los hombres hacen pausas? Fuera de lugares bucólicos, definitivamente, en un “hueco” donde hay música, bebida y promesas de aprender algo más del otro o los otros que nos acompañan. Pocos de ellos son insinceros (salvo que sean muy caros a veces) porque cuando dejamos nuestra carne soltarse un rato en ellos podemos hasta conocer facetas que no sabíamos que existían en nosotros y hace su aparición el juego de la terapia etílica del ahora, porque el mañana poco importa ahí, ahí donde existe esa ayuda líquida para hacer salir algo atracado que tenemos y que se puede llamar casa, amor, mujer, hombre, dinero, enfermedad (¡Hasta eso, claro!), distancia, trabajo; una lista interminable y que no es necesaria tentar porque cada uno tiene una agenda preparada mientras espera que alguien traiga la bebida mientras la conversación aún es a tientas y los ojos no saben expresar salvo con unas onzas de alcohol en la sangre.
Publicado: 2015-08-20
Ningún lugar está exento de sentido.
Escrito por
Octavio Mermão
Creyente, extranjero, hermano menor de las palabras.
Publicado en
Quién hace tanta bulla
Nos hemos peleado tanto que ya es hora de volver a los abrazos.